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Imbéciles felices, por Antonio Rico
Sobre sentirse español, mucho español. Una columna de Antonio Rico, publicada originariamente en la versión impresa de 'Mongolia'

Al parecer, no basta únicamente con ser español. Al parecer, también hay que sentirse español. No basta con haber nacido en España, con pagar escrupulosamente los impuestos, con votar, respetar la ley y ser amable con el vecino. También hay que emocionarse al escuchar el himno, sentir un pellizco en el alma al ver ondear la bandera, llevar con orgullo la condición de español. Todo el mundo entiende que alguien no se sienta blanco, y que no sentirse blanco no socava la condición de blanco. Si el próximo galardonado con el Goya a Mejor Actor Masculino comenta en sus agradecimientos que él jamás se ha sentido varón, nadie se levantará ofendido afeándole que acepte el galardón.
Si cuando Fernando Trueba recibió el Oscar por “Belle Epoque” en 1994 hubiera comentado que no sentía que su película fuera de ese año, nadie se hubiera enfadado y le hubiera exigido que devolviera el premio. Lo que vale para el momento histórico, para el sexo y para la raza no vale para la nacionalidad. La territorialidad, hostias, hay que sentirla en los cojones, que para eso somos mamíferos cazadores y simbólicos. O, en palabras de Georges Brassens, imbélices felices de haber nacido en algún lado.
Si cuando Fernando Trueba recibió el Oscar por “Belle Epoque” en 1994 hubiera comentado que no sentía que su película fuera de ese año, nadie se hubiera enfadado y le hubiera exigido que devolviera el premio. Lo que vale para el momento histórico, para el sexo y para la raza no vale para la nacionalidad. La territorialidad, hostias, hay que sentirla en los cojones, que para eso somos mamíferos cazadores y simbólicos. O, en palabras de Georges Brassens, imbélices felices de haber nacido en algún lado.